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Mostrando entradas con la etiqueta Angel Pioquinto. Mostrar todas las entradas
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lunes, 25 de octubre de 2010

Lagrimas de un angel

Destierro.
Las palabras resonaron en su cabeza, cada vez con mayor fuerza, con la intensidad creciente de una tormenta. La voz del Arcángel se clavó cuales claves ardiendo en lo más profundo de su ser, y la intensa mirada del ángel mayor se clavó en él, taladrándole la cabeza, cargada de odio y desprecio. Su imagen imponente le hacía sentirse enano a su lado: cabellos plateados danzantes, semblante severo y completamente pálido, inmensas alas emplumadas de blanco azulado y ojos de un azul tan intenso como la inmensidad del cielo. Más o menos a su imagen eran todos los ángeles: pálidos, de cabellos dorados y blancos, ojos claros y enormes alas blanquecinas. Todos menos uno. Menos él.

Desprecio, desdén
Lleva la marca del mal en su piel
Desgracia, ultraje
Desdén, fue infiel
Desde el principio problemas dio él
No puede cambiar
Desprecio, ultraje
Desdén, fue infiel
Él siempre va a traicionar
Lleva la marca del mal en su piel


Él era distinto. Piel tostada, alas grises, cabellos oscuros y mirada de un rojo intenso como la sangre. Era distinto a los demás, pero era un ángel: un ángel y un demonio.
-No… por favor, os lo ruego, no me hagáis esto… no me condenéis a esto…
Su suplica no aplacó la decisión del Arcángel. Agachó la cabeza, abatido, desesperado, histérico. Todo su cuerpo temblaba, Algunas lágrimas relucientes nacieron de sus ojos y recorrieron su rostro como si de ríos se tratasen.
-Largo. –Pronunció el Arcángel.

Hasta nunca, por tu culpa
Maldito traidor
Desgracia, ultraje
Desdén, fue infiel
Vete de aquí, agitador
Desde el principio problemas dio él
Hasta nunca, por tu culpa
Él nació del dolor
Se ha criado en el rencor
Vivirá con su acción
Mas nunca olvidéis que no tiene perdón


-¡Soy como vosotros! –Beleronte se puse en pie y habló a todos los ángeles allí reunidos.- ¡Soy un ángel! ¡Mirad las alas, ninguna criatura las posee! Mi color no dice nada, soy un ángel.
-Eres demonio.
-¡Soy de los dos! –Vociferó al Arcángel, perdiendo los nervios.- Mas sin embargo, me considero un ángel. Soy un hijo de la luna, como vosotros. ¡Como tú!
-Llevas la marca del mal en tu piel. Eres demonio y no puedes vivir en Edén. No eres un ángel puro, no puedes poseer los atributos de los mismos. Perderás tus alas, es la ley.
-¡Soy de los vuestros!
-No eres uno más.

Porque él no es uno más
Él no es como los demás
Castigar, desterrar, es la ley
Nos mintió, conspiró
Contra nuestro rey
Para siempre dejémoslo atrás
Él no es de los nuestros, no es uno más


-Por favor… -Lloró.- Por favor…
-Serás un ángel caído. Jamás regresarás a Edén. Perderás tus alas. Ese es tu castigo. No eres uno más.
Se giró, buscando consuelo y ayuda en el rostro de los demás ángeles, pero solo encontró miradas toscas y hurañas, ira y odio. Desprecio. ¿Pero por qué? ¿Por qué eran tan crueles? El Arcángel se le acercó.
-Hasta nunca.
Como una tela que se deshilacha hilo a hilo, así las alas de Beleronte se fueron deshaciendo a los ojos de todos. El ángel lloró desconsoladamente al ver como sus preciadas alas se desvanecían sin que él pudiera hacer nada al respecto. Perdía sus alas, perdía su condición de ángel. Su ser quedaría vacío, incompleto. Quedaba condenado a una vida de dolor.
Y entonces, sintió que caía. Y solo caía. Caía desde una cúspide brillante y luminosa, desde donde los demás le observaban con desprecio. Caía sin sus alas, ya no podía volar. Nunca regresaría con los suyos.

Él no es uno más
Desprecio, desdén


Una última lágrima escapó de sus párpados. Una perla brillante que se separó de sus ojos y cayó precipitadamente contra el suelo. El dolor que sentía era indescriptible. De repente el peso de la soledad y el desprecio chocaron contra él. Ya no tenía sentido vivir.

Desgracio, desdén
Desprecio


La lágrima se estrelló contra la tierra. Una tierra yerma, muerta, allí, donde cayó, creció una flor. Era una flor horrenda, distinta al resto de flores hermosas y bellas. Pero su olor era especialmente dulce y agradable, el perfume más hermoso de la tierra. Pero nadie lo olió, porque era distinta. Se pudrió en medio del desprecio, llevándose su perfume con ella.

jueves, 12 de agosto de 2010

¿Quién debiera ser el próximo jefe?

Si te preguntaran quién debiera ser el próximo en ocupar el lugar de tu jefe, es muy probable que tu respuesta inmediata sea: “¡Yo!”.
Hace años, un día muy temprano me mandan llamar a una sala de juntas, mi jefe y el mismísimo presidente de operaciones latinoamericanas de la compañía donde yo trabajaba (lo primero que pensé fue “¡En la torre! ¡Si se descompuso solo, yo nomas le di ENTER!”). Después de los saludos y la cortesía matutina, el hombre me suelta la pregunta bajo la siguiente circunstancia:
“Imagina que nosotros tres viajamos a resolver un grave problema a una de nuestras plantas. Desgraciadamente el avión donde volamos sufre un accidente. ¿Quién de tus compañeros debiera ser promovido al lugar de tu jefe?“.
Para darme tiempo a pensar mi respuesta, me explica (aunque yo ya lo sabía) que la compañía tiene por política distribuir los viajes de los altos directivos y personal clave en diferentes vuelos para evitar situaciones que comprometan la continuidad de las operaciones. ¿Quién de tus compañeros debiera ser promovido al lugar de tu jefe?
Después de analizar mentalmente las conductas y habilidades de mis compañeros hice dos sugerencias, una basada en la experiencia de uno de ellos y la otra por sus habilidades de liderazgo. Me pidieron que me quedará solo con uno. Este ejercicio era una de las maneras como se detectaban a los “high pots”, es decir, a los empleados con alto potencial, también para diseñar el plan personal de negocios, sucesión y progresión. Este plan es revisado anualmente en el ejercicio conocido como evaluación de desempeño (revisión que, por cierto, ha sido totalmente desvirtuada, pero ya hablaré de eso en futuras entradas).
Ya después en privado, el hombre me explicó que el ejercicio era muy revelador: ¿Conoces y confías en las habilidades y competencias de tus compañeros? Cuales son tus valores, ¿eres tan mezquino que ante tu ausencia nadie debiera aspirar a una posición de mas responsabilidad? ¿Qué valores, conocimientos y habilidades que reconoces en otros debes esforzarte por adquirir para ti? Alguien que aspira a ser un excelente líder debe conocerse bien, y conocer mejor a su equipo.
A partir de ese día, esa reflexión me hizo esforzarme por detectar y conocer por lo menos tres fortalezas de mis colegas, y a visualizar como estas pueden ayudar a alcanzar las metas del equipo. Esto me ha llevado a dejar la costumbre, molesta para los demás, de querer tomar la delantera en todos los proyectos, sin importar si era la persona idónea para dirigirlo. Ahora trató de practicar lo que le he llamado liderazgo rotacional. Para cada proyecto se requieren habilidades y conocimientos distintos, así que ahora lo que hago es proponer a alguien entre nosotros que pueda llevarnos a la meta. Es cierto que sigo tomando la iniciativa en proponer a alguien, pero ya no trato de liderar cada proyecto, algunas veces como equipo designamos a alguien mas o aprobamos al propuesto, pero lo importante de esto es que el resto del equipo se compromete con el líder de proyecto. Ya les comentaré mas sobre otras ventajas de este asunto del liderazgo rotacional.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Los chavos del weso

Este es un contenido donde me inspira en mi satira politica y me re descubre en mi forma literaria

lunes, 17 de agosto de 2009

Pesimismo de ojos abiertos.

Esta semana le colmé el plato a un lector. Mi artículo más reciente le resultó a tal punto indigesto que decidió no volver a leerme. Me lo anunció hace unos días. Una frase desbordó el vaso de una paciencia de la cual, al parecer, fui abusando poco a poco. Hace una semana escribí “el futuro que nos aguarda es aterrador”, y a mi ahora exlector le pareció demasiado. No dudo que los motivos de la despedida sean más amplios, ni cuestiono que estén perfectamente justificados, pero me concentro en la frase que menciona en su mensaje como la gota del hastío. Releída, la oración perpetrada es, en efecto, irritante. Un vaticinio más propio del cine de horror que de la crítica política. La frase embonaría bien ahí, en una película de Wes Craven. Un desquiciado con máscara se acerca a un grupo de presos indefensos y les anuncia que su futuro es aterrador. En efecto, la expresión resulta alterada y estridente en un artículo dizque analítico.

Me resulta valiosa la llamada de atención porque descubre en mí una licencia apocalíptica de la que no era del todo consciente y que, por cierto, no se asoma en el polo contrario. Jamás podría haber cometido una frase paralela que anunciara no el terrorífico futuro sino el mañana esplendoroso. No imagino la ocasión que pudiera llevarme a anunciar que el futuro sería resplandeciente y jubiloso. De encontrarme con alguien que dijera que el mañana sería celestial, también le anunciaría mi despedida. Sin embargo, bien que pude tolerar la proposición contraria. Dudo que esta propensión por la catástrofe sea una aflicción personal. Tal parece que se trata de un síndrome común, un aire de los tiempos. Los permisos que damos al pesimismo son infinitamente más amplios que los que concedemos al optimismo. En cuanto levanta la cabeza un dato positivo tendemos a desacreditarlo, a dudar de él y a oponerle en seguida una legión de evidencias de la desgracia. Al optimismo lo llamamos iluso; al pesimista lo elogiamos como realista. Tal vez habría que oponer a ambas disposiciones la prudente reserva del escepticismo. Calderón de la Barca escribió una comedia cuyo título viene a cuento: “No siempre lo peor es cierto.” Perfecta réplica al pesimismo vuelto dogma. Lo bueno podría ser cierto.

Chesterton detectó una diferencia entre el pesimista y el optimista. El optimista, decía, es quien piensa que todo está bien en el mundo; menos el ciego del pesimista. El pesimista, por su parte, era la persona que estaba convencida de que todo estaba mal en la Tierra, menos él, que se daba cuenta de la verdad. Para el optimista, el único mal era el pesimista; para el pesimista, el único bien era él mismo. El apunte deja ver lo antipático que resulta el refunfuñón: un arrogante que se coloca por encima del mundo repartiendo condenas y juicios reprobatorios. Nada está a su altura, nadie alcanza su nivel. Pero hay dos expresiones del pesimismo que es necesario registrar: uno está anclado en el prejuicio. Cierra los ojos porque ya no necesita ver. ¿Para qué abrir los ojos si ya se sabe que el panorama es desolador? Cualquier experiencia le sirve para reforzar su dictamen calamitoso. El merolico de la catástrofe repite su cantaleta de desgracias, pase lo que pase. El otro pesimismo no es resultado de la ofuscación, sino resultado del escrutinio. No se defiende la probabilidad del mal por manía, sino por efecto de observación.

Quisiera pensar que mi pesimismo es un pesimismo de ojos abiertos y que está dispuesto a la sorpresa de lo bueno. Acepto la crítica a la expresión chillante de mi pesimismo. Sostengo, sin embargo, sus razones. Desde donde lo veo, el país va mal y no hay muchos hilos de dónde colgar la confianza de que enderece el rumbo. México está mal en sus escuelas y en sus cárceles; en su trato con la ley y con la naturaleza. A sus males ancestrales se ha apresurado a agregar males recientes. El deterioro es el signo del país desde hace varios lustros. Es un menoscabo constante, perceptible, mensurable. No es producto del PAN, ni de la alternancia, ni del pluralismo democrático, es cierto. Es una crisis vieja, profunda y extendida para la que el nuevo régimen no ha sabido pronunciar una sola palabra. La nueva política se ha dedicado a ignorar la crisis. A los grandes asuntos nacionales, responde con razones para la inacción. Hablo de un régimen porque las grandes fuerzas políticas parecen coincidir en lo elemental: lo necesario es imposible.

Ahí se funda mi pesimismo. No encuentro liderazgos, responsabilidad, alicientes para hacer frente a los peligros de México. Y nuestro deterioro no encuentra muro. Tal vez por eso debe subirse el tono. Si el actor político se ve forzado a endulzar el atractivo de sus promesas, el crítico también se ve obligado a subir el tono de sus advertencias. El futuro que nos aguarda es, en efecto, terrible.

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